El jardín de la hija de la luna

Blog de literatura fantástica y de ciencia ficción

A veces mi deseo es más bien simple, dormir dos meses seguidos en la misma cama. Así que supongo que sería un mal héroe para un viaje, pues pocas ganas tengo, ahora mismo, de volver a enfrentarme a las desdichas que zarandearon mi última travesía. 

En realidad o, más bien, en fantasía, podría enfrentarme a casi cualquier cosa, tras el titubeo inicial propio del héroe, incluso a un dragón. Pues estoy acostumbrado a acompañar a esos héores por páginas incontables en sus múltiples caminos de salvación, con o sin retorno. Y, si es que habían de volver, a emocionarme y a reír con ellos en sus reencuentros y en sus despedidas. 

Lo malo es cuando las despedidas son reales, cuando nosotros mismos somos los protagonistas de libros que leen otros.

¿Es novela nuestra vida?, me pregunto a veces. Porque, claro, no tenemos la perspectiva necesaria para vernos a nosotros mismos desde lejos y muy arriba, desde ese otro lugar misterioso y recóndito donde nuestras vidas son historias para los otros. A veces pienso que sí, que sin duda alguien habrá por ahí leyéndonos, pues no estoy seguro de que se me pueda ocurrir, para escribirlo yo, viaje más atribulado y amargo que el de mi propio corazón, que aún sangra, quizá lo haga interminablemente, las heridas de mi última aventura. 

¿Hará, esa última aventura que me prepare mejor, para la próxima ocasión?, si es que la hay, porque no sé si haré caso al próximo Gandalf u Obi-Wan que me quieran convencer de nuevo para dejar mi querida cama, la seguridad de mi torre de marfil, y lanzarme de nuevo a la incertidumbre, la crueldad del mundo donde los héroes viven sus aventuras. Porque yo no soy un héroe, ¿verdad? O quizá, si lo hago, me arme con un escudo y una armadura inexpugnables, y con una magia que me haga inmune a los hechizos del más despiadado de los enemigos: el desamor.

El verdadero viaje del héroe es  ser capaz de luchar después de sufrir la crueldad de un desamor desairado. Irracionales e infinitas son la cólera y la exageración mentirosa que irradian de tal vorágine. Vagar sin rumbo por las calles de Madrid, con las grandes estatuas que, en los altos tejados, marcan el camino de la gran civilización, en la distancia empequeñecida por la perspectiva de los pequeños árboles urbanos que adornan las pequeñas calles privadas. Decenas de pueblos perdidos, como realidades virtuales engarzadas en una misma entidad urbana. Navego las calles, como ríos, pero flanqueadas por fachadas que guardan desvanes con historias interminables tras cada ventana oscura, en lugar de tierra y ramas. Hasta que una tras otra, el fluir de personas y de historias va creciendo, hasta desembocar en el gran mar, la Gran Vía. 

El viaje termina en un espacio cada vez más diáfano, desde las estrechas callejuelas del alma hasta la gran plaza agorafóbica, donde una vez soñé que las inmensas olas del mar barrían la ciudad entera, como en un cataclismo final, el lugar donde todo vuelve a empezar.


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