El jardín de la hija de la luna

Blog de literatura fantástica y de ciencia ficción

Mi visión personal de «Los Anillos de Poder».

No soy tan sabio como la mayor parte de la gente que opina a favor o en contra de esta serie en Internet. He aquí quizá la clave de la cuestión: esta serie, como sucedió con la última trilogía de Star Wars, ha polarizado a los seguidores entre personas más o menos normales y personas gilipollas.

Lo que está claro es que, si viésemos esta serie cambiando los nombres, para que no fuesen de la Tierra Media, sino de algún otro lugar, les parecería a todos los aficionados a la fantasía, y aun a las buenas series, una gran producción.

Los gilipollas son, por supuesto, todos aquellos que creen que la obra de Tolkien debería ser contada solo dentro de un museo, sin que nadie ose tocar una sola coma de los escritos del Profesor, para contar, recrear una historia basada en ellos. Entre sus más hondos argumentos en contra de esta recreación, su asimilación de que el hecho de que aparezcan elfos o enanos o hobbits de piel negra es algo político, y no lo que realmente es: un símbolo de los tiempos que vivimos, los cuales, paradójicamente, en ciertos aspectos son cada vez más cercanos al espíritu que emana de la obra de Tolkien. Tolkien mismo, se reiría hoy con ganas, después de quitarse la pipa de la boca, de todas estas mamarrachadas de los que pretenden ser más tolkinianos que nadie, y ven fantasmas ideológicos en todas partes.

Pues una de las intenciones profundas de todo lo escrito por Tolkien es calmar el anhelo por las especies desconocidas u olvidadas, que habitaron y habitarán los bosques intemporales junto a lo humano. Ya ves, como para enfadarse porque un elfo tenga la piel negra. Putos ridículos.

Otra cosa que los mamarrachos estos le critican a la serie es que osen que Galadriel (¡joder, GALADRIEL, uno de los personajes más poderosos jamás concebidos por el escritor inglés!) sea tan preponderante. Y en base a esto se inventan a un Tolkien construido a su imagen y semejanza, un ídolo misógino que es un insulto a su memoria. Ursula K. Le Guin, una de las mejores escritoras de fantasía de la historia, de crecientes convicciones feministas a lo largo de su vida y obra, fue admiradora de Tolkien hasta el último de sus días, y hubiera llamado cuatro cosas a estos mamarrachos.

Pero centrémonos en la serie. Yo ya dije, cuando se anunció en 2017, que solo tendría algún sentido si se ambientaba en la Segunda Edad. Era algo que prácticamente nadie vio entonces, excepto los propios showrunners, que todavía no existían como tales, y yo mismo. Tengo lo que escribí por aquellas fechas en Twitter, para atestiguarlo.

El caso es que la Segunda Edad solo se describe por encima, en cualquier escrito de Tolkien, a través de pinceladas. Pinceladas magníficas, pero pinceladas.

Desde luego, para mí, poco interés habría tenido hacer spin offs de los personajes ya conocidos de la trilogía de novelas luego adaptadas por Peter Jackson. Pero eso es lo que la práctica totalidad de la gente imaginó que sería esta serie, cuando se anunció.

Para ponerse a describir esas historias esperando ser contadas de la Segunda Edad, creo que los showrunners finalmente elegidos (elegidos por tener precisamente esa intención, fresca y ambiciosa a la vez) J. D. Payne y Patrick McKay han demostrado tener una sensibilidad muy profunda sobre lo que es la Tierra Media. A un nivel audiovisual asistimos a un espectáculo totalmente deudor del lenguaje cinematográfico que en cierto modo tanto hizo evolucionar Peter Jackson, en lo que se refiere a cómo debe ser contada una gran aventura de fantasía épica. En cuanto a las historias, son las que que siempre hemos intuido y querido conocer, sobre la forja de los Anillos de Poder, el auge y caída de Numenor y la última Gran Alianza entre los Pueblos Libres de la Tierra Media.

La sombra de Peter Jackson es tan alargada como la del mismo Tolkien, en la recreación de esta Tierra Media audiovisual. Palpita en los decorados, el vestuario, las tomas aéreas y de paisajes inmensos, el uso de la música y hasta en la inflexión del tono de voz de los actores.
Pura Tierra Media, en lo que se refiere a lo audiovisual. Una vez asumido esto, recordemos que una autora tan admiradora de Tolkien como lo fue Ursula K. Le Guin, le puso muy buena nota, en un artículo escrito para la ocasión, a la película de «La Comunidad del Anillo» de Peter Jackson.

La historia que se nos cuenta aquí es una que ya desde el inicio va adentrándose en la oscuridad desde la luz, pero de una forma abordable gracias al notable desarrollo de los personajes protagonistas, incluidos hobbits (pelosos llamados aquí, por cuestiones de derechos, aunque digo yo que bien podrían haberlos llamado «medianos»… aunque, en fin, a mí lo de pelosos me gusta), de los que no muchos llegaron alguna vez a creer que pudieran existir en edades anteriores a la tercera . Yo, nuevamente, sí, y también había escrito sobre ello. Así que es fácil imaginar que me siento MUY CÓMODO dentro de la visión de la Segunda Edad que nos proponen J. D. Payne y Patrick McKay.

No voy a eternizarme repitiendo cosas obvias sobre los dos primeros episodios de la serie, que ya se ha dicho de todo, y casi todo bueno. Diré, eso sí, que estoy de acuerdo con todo eso bueno que se ha dicho. En cuanto a los gilipollas, son legión. Llama la atención cómo en ciertas webs entran a votar y dar una sola estrella, intentando con ello, y lográndolo, joder la media de una votación en la que la gente normal (o quizá deberíamos decir, con una inteligencia sensible mayor, mucho mayor) vota lo que de verdad le ha parecido, entre «5» y «10», predominando los dieces.

A mí, estos gilipollas (cuando me refiero a ellos con este calificativo no está en mi intención insultarles, ojo, sino usar la definición del diccionario que más se adecúa a su forma de actuar), me recuerdan a los habitantes del pueblo ese de habitantes herederos de hombres que se aliaron con Morgoth, y a la escena de cuando llega una de ellos, Bronwyn, y les dice: «que los que quieran vivir partan al alba a la torre vigía elfa».
Los gilipollas son los que no parten al alba. Los que no creen. Los que viven en el odio y la oscuridad. Los que quieren poseer lo que codician, solo para ellos.

Solo poder ser testigos de esa llegada a Valinor y de la duda de Galadriel, que rechaza la luz por combatir una oscuridad que pocos más que ella se atreven a mirar, y cómo se prepara todo eso en la historia desde el inicio, a lo largo del primer episodio… esa llegada a Valinor, aderezada con acontecimientos que pasan en otras partes del mundo, con testigos como los ents… joder… joder…qué belleza. Solo desde la atrofia mental, un fan puede denigrar algo así.

Y me refiero aquí a los fans. Luego hay otra clase de crítico: El que siempre ha odiado la obra de Tolkien (y mayormente la fantasía en general) y se disfraza entre los fans recalcitrantes de Tolkien, como si fuese uno más de ellos, para intentar verter su mierda sobre esta serie. Pero se los pilla al momento.

Tras ver los dos primeros episodios, me ha pasado una cosa que nunca me había pasado antes con NINGUNA serie: en esta era de plataformas, y de decenas de series nuevas cada mes, siempre me he limitado al «streaming». Lo único que tengo guardado en el ordenador son las películas de las trilogías de Star Wars, y Avatar. Pues bien. Hoy he descargado para tener guardados en el ordenador los dos primeros episodios de «Los Anillos de Poder».

En cuanto a la música de Bear McCreary, es el mismo autor de la música de la magnífica serie de la Fundación, en Apple TV+(si damos por hecho que aquella serie se inspira, más que basarse en las novelas de Asimov, lo cual al principio a mí me costó un poquito). Y hay algunos pasajes en los que McCreary echa mano de forma sutil de la melodía de la potente intro de Fundación. Howard Shore firma la música de la intro.

En fin… Hay muchos tipos posibles de fantasía épica. Estoy disfrutando enormemente también «La Casa del Dragón», serie igual de fantástica, aunque más terrenal, que parece atraer más a gente a la que normalmente no gusta la fantasía, lo cual está bien. Esa gente debería recordar que personas como yo conocimos las novelas de George R. R. Martin muchos años antes de que existiese el rumor de que iba a haber una serie llamada Juego de Tronos (como el título del primer libro). Yo compré y leí Juego de Tronos, en su primera edición, a principios de los años 2000.

La evolución del género cuyas bases sentó Tolkien (bebiendo a su vez de otras fuentes, como Lord Dunsany) pasó por otros autores, más concretamente Tad Williams y su saga de novelas de Osten Ard, antes de llegar a Martin. Pero todas ellas, aunque con diferentes registros, lenguajes y perspectivas más modernas o más clásicas, pertenecen a un mismo género, el de la fantasía épica. Querer establecer un marco comparativo en el que se favorezca una de las series por denigrar la otra sería un poco tonto, la verdad. Cierto es que cada una tiene su tono particular, que en el caso de estos primeros episodios de «Los Anillos de Poder», magistralmente dirigidos por J. A. Bayona, tiene momentos de un cierto aire a cine clásico, pero dentro del contexto grandioso a la vez que detallista de las cosas, aprendido de Peter Jackson; y todo ello no exento de la propia firma personal de Bayona.

Como digo, yo me siento afortunado de poder ser testigo en un mismo periodo de tiempo de dos series tan distintas y a la vez tan cercanas. Y de disfrutar por igual de ambas.
Por cierto, ambas series se basan en libros que cuentan cosas que pasaron antes en sus respectivas historias fantásticas.

En el Caso de «Los Anillos de Poder», es curioso darse cuenta de que lo que se nos cuenta en esta serie era lo que se contaba en el prólogo de las películas de Peter Jackson, y que a su vez el prólogo de esta serie nos retrotrae a la Primera Edad, la lucha contra Morgoth (del que Sauron solo es su principal lugarteniente) y la forja de los Silmarils. Así que tened por seguro de que algún día tendremos una nueva serie o películas que nos cuenten una historia todavía más grande y más épica, ambientada en el imaginario tolkiniano. Su prólogo nos llevará aún más atrás en el tiempo de la historia. Pero todo eso, solo si los gilipollas nos dan permiso, claro. O, bueno, también sin él. Después de todo, ¿quién va a hacer caso a un gilipollas?

PD: Quizá alguien piense que soy un poco duro de más con los críticos negativos de esta serie. No. Ese es el estilo de este blog. Cuanto más necias sean las críticas a algo, más duro soy yo con los críticos de ese algo. Este blog no nació para ser políticamente correcto.



A %d blogueros les gusta esto: